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Un lugar para la fe y el encuentro
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Quienes nos conocen saben que no venimos de familias perfectas.
Nuestras infancias y adolescencias estuvieron marcadas por varias ausencias y a temprana edad fuimos testigos de no pocas desavenencias familiares.
Pero lejos de sentir que estábamos destinados al fracaso, quisimos demostrarnos y demostrarle al mundo que cuando la convicción es grande, ningún destino está escrito y que cuando se pone el proyecto de vida familiar en manos de Dios, lo que abundan son las bendiciones.
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¿Crees que es posible construir un matrimonio feliz y una familia que viva en armonía?
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Desde que éramos novios, sabíamos que había cosas de nuestra familia de origen que no queríamos repetir. Queríamos quedarnos con todo lo bueno que habíamos recibido pero dejar atrás experiencias dolorosas que solo producían fracturas en las relaciones. Intuíamos que era posible. Muchas parejas y familias de nuestro barrio y parroquia nos habían dado testimonio de los frutos que se cosechan cuando uno siembra tolerancia, comprensión, unidad, respeto, diálogo y perdón, cultivando a la vez las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad.
Con la convicción de que de la mano de Dios y de su Madre todo es posible, el día de nuestra boda organizamos todo al detalle, hasta el hecho de dejar un ramo de flores al pie de la estatua de la Virgen de Lourdes que estaba en nuestra parroquia. A sus pies habíamos rezado una y otra vez junto a los grupos de jóvenes y con ella queríamos iniciar nuestra nueva vida de a dos. También cantamos “El amor no pasará jamás” con nuestros trajes de novios y guitarra en mano. Allí, sentados frente al altar, alzamos las voces y proclamamos: “El amor es paciente, es servicial, todo lo soporta, todo lo cree y lo perdona”. Así fue, contra viento y marea, y así será siendo, no me cabe duda.
Años más tarde, unos amigos nos regalaron una estatua de piedra de la Virgen de Lourdes y la pusimos en un oratorio al aire libre en nuestra casa de campo. Ahora nos encontramos allí con amigos y con la familia, y nuestros hijos se sientan a sus pies, le llevan flores y la abrazan con cariño.
¡Cuántas alegrías, cuántos consuelos, cuántas gracias nos llegan a través de Ella! Puedo decir, sin temor a equivocarme, que poner a Dios en el centro del matrimonio y en el corazón de la familia vale la pena. Y si le pedimos un amor de libro, como el que predica san Pablo, Dios se complace en concedérnoslo.
Creo que toda familia debería destinar un rincón del hogar para hacer visible la presencia de Dios, la presencia de María y la fuerza del Espíritu Santo que actúa de modo invisible pero eficaz.
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¿Qué lugar de tu casa o qué imagen puede convertirse en fuente de bendición para tu familia y todos los que se acerquen?
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Si algún día vienes a mi ciudad, pasa por mi casa, pero no me visites a mí, visita nuestro oratorio y llena tu alma de aroma a eucaliptus, presencia de Dios y amor de la Madre. Pidamos especialmente a la Virgen de Lourdes que ruegue por nosotros y por nuestras familias.
Te dejo un abrazo y el deseo de que cada vez seamos más quienes construyamos familias donde siempre haya un lugar para el encuentro desde la fe.
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